The Grand Budapest Hotel

Clásico trabajo del escritor y director Wes Anderson, parece ser que, en este caso, inspirado por la obra literaria de Stefan Zweig, en la cual, en clara clave de comedia, se narra la historia del conserje de un gran hotel en la imaginaria República de Zubrowka, que a través de sus estrechas relaciones con la selecta clientela del lugar, es nombrado heredero de una importante obra de arte y ello origina una excitante y surrealista aventura de consecuencias inesperadas. Posiblemente se trate de la mejor y más inspirada obra de Anderson, que hace gala de un sentido del humor muy fino e inteligente, además que, al contrario que le suele suceder, su estilo colorista, casi de ilustración, con su férrea puesta en escena, en esta ocasión –aún respondiendo a los mismos principios- parece mucho menos encorsetado y más espontáneo, lo que hace que el conjunto sea delicioso y tremendamente disfrutable. Ralph Fiennes se muestra en estado de gracia en el papel principal, secundado por Tony Revolori y un larguísimo número de estrellas en papeles muy breves o directamente cameos: F. Murray Abraham, Jude Law, Tom Wilkinson, Mathieu Amalric, Willem Dafoe, Adrien Brody, Jeff Goldblum, Bill Murray, Edward Norton, Harvey Keitel, Saoirse Ronan, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Lea Seydoux o Bob Balaban, entre otros.

El director de fotografía, una vez más en la carrera de Wes Anderson, es Robert Yeoman [ASC], el cual ha rodado hasta la fecha todos los trabajos cinematográficos del realizador, comenzando por “Bottle Rocket”, remake de un cortometraje propio que es la única obra en la que no han colaborado. Durante sus posteriores obras (“Rushmore”, “The Royal Tenenbaums”, “The Life Aquatic” y “The Darjeeling Limited”), Yeoman y Anderson se caracterizaron con su uso del formato panorámico anamórfico, y más especialmente, de la focal 40mm, un angular con algo de distorsión que permite composiciones de imagen con varios personajes repartidos por el encuadre, pero con “Moonrise Kingdom” sorprendieron con la decisión de rodar el film en formato Super 16mm, aunque el estilo de Anderson continuaba muy presente con su particular forma de escoger las posiciones de cámara.

En el caso de “The Grand Budapest Hotel” lo más destacable es la mezcla de diferentes formados, tanto de rodaje, como en sus correspondientes relaciones de aspecto. La parte principal del film, ambientada a finales de la década de 1930 y que supone al menos un 80% de la proyección, está rodada en formato esférico para una exhibición en la relación de aspecto clásica de 1.37:1, es decir, la misma empleada como estándar desde la aparición del cine sonoro hasta que, a mediados de los años 50, el cine se estandarizó en las relaciones 1.66:1 ó 1.85:1. Ésta última es la que usan las secuencias ambientadas en la década de los 70 que abren y cierran la película, también rodadas en formato esférico, mientras que la otra parte importante de la narrativa, ambientada en el hotel en los años 60, cambia completamente de tercio y apuesta por el formato panorámico anamórfico, para una relación de aspecto en exhibición de 2.40:1. Por lo tanto, a medida que avanza la proyección, el film va alternando diferentes ratios de exhibición que identifican cada uno de los tres segmentos temporales del mismo.

Lo que no cambia, independientemente del formato y de la película, es la forma en la que Wes Anderson encara cada una de las mismas. Siempre ha sido un cineasta con un control milimétrico de la puesta en escena e ideas muy concretas para la misma y “The Grand Hotel Budapest” no es una excepción. Como en sus trabajos anteriores, existe en este caso una absoluta renuncia a emplear los ángulos a lo largo de todo el film, como una clara cuestión de estilo. Toda la película está rodada frontalmente a los actores y a los decorados y, cuando no lo está, lo que hacen Anderson y Yeoman es emplear ángulos rectos (de 90 grados) con respecto a la cámara principal para seguir retratando a sus actores. Pero eso no significa que la cámara no se mueva, más bien al contrario: como en “Moonrise Kingdom”, en “The Grand Budapest Hotel” hay multitud de travellings ejecutados con la precisión de un reloj suizo. Algunos son laterales y otros, a veces muy rápidos y casi bruscos, directos hacia los actores o alejándose de los mismos. También, como en algunos de sus trabajos anteriores, el uso de zoom es agresivo, para efectuar muy grandes acercamientos o alejamientos que incluyen todo el recorrido de la óptica (5 a 1 en el caso del anamórfico, 10 a 1 en el caso del esférico) en el menor tiempo posible. Destaca también la curiosa decisión de rodar el film íntegramente en una única emulsión de sensibilidad media (200 ASA), que a buen seguro ha requerido el uso de niveles de intensidad de luz algo mayores, probablemente a fin de registrar más fielmente el gran colorido del diseño de producción y vestuario.

Tradicionalmente, la luz de Robert Yeoman en las películas de Wes Anderson, a pesar de este colorido diseño común a todas ellas, ha sido tendente a plana y también a un marcado virado hacia tonos cálidos. Tampoco se puede afirmar que “The Grand Budapest Hotel” sea una clara ruptura de la línea anterior, ya que conserva los principios básicos del trabajo de ambos cineastas durante ya casi dos décadas, pero sí que es cierto que el contraste empleado por Yeoman e incluso su estilo de iluminación, dentro de la teatralidad del conjunto, es algo mayor y quizá algo más naturalista (como en todas esas escenas rodadas en dusk-for-night con fuente cálidas integradas, que suponen un gran esfuerzo de producción), e incluso ese virado general de la imagen y de los tonos de piel, que antaño recordaba al practicado sin pudor por Woody Allen desde hace tantos años, parece más controlado y no es ni mucho menos intrusivo. En cualquier caso, el elemento teatral, con una puesta en escena tan marcada y que se hace tan presente, o con esos colores tan intensos, continúa muy presente, pero lo cierto es que Yeoman parece que avanza en busca de algo más espontáneo y menos controlado, que hace que su trabajo sea bastante más rico en términos lumínicos que el que venía haciendo tradicionalmente para Anderson.

Así pues, con sus extraordinarias composiciones de imagen y una puesta en escena enormemente trabajada, sus mezclas de formatos y ópticas (las modernas Cooke S4 y las antiguas, entrañables y excepcionales Technovision-Cooke anamórficas, cuyo 40mm produce una imagen suave, con pérdidas de definición en los extremos y notabilísima distorsión de barril), la imagen de “The Gran Budapest Hotel” es altamente sugerente y muy sofisticada, demostrando que a nivel de cámara, la capacidad e inventiva de Wes Anderson iguala perfectamente a sus habilidades en la escritura de guión y dirección de actores, de manera que con una historia apasionante, un Ralph Fiennes en estado de gracia y multitud de detalles e ingenio a lo largo de la proyección, consiguen uno de esos trabajos que, a todos los niveles, da la sensación de que a la postre serán de lo más recordado de un 2014 que no podría haber comenzado de mejor forma. Como curiosidad, cabe mencionar que el personaje de Jeff Goldblum, no de forma casual, se llama en pantalla “Vilmos Kovacs”, una clara alusión/homenaje a dos colosos de la fotografía cinematográfica nacidos en Hungría: Vilmos Zsigmond y Laszlo Kovacs.

Título en España: El Gran Hotel Budapest
Año de Producción: 2014
Director: Wes Anderson
Director de Fotografía: Robert Yeoman, ASC
Ópticas: Cooke S4, Angenieux Optimo, Technovision-Cooke, Cooke Varotal
Emulsión: Kodak 5213 (200T)
Formato y Relación de Aspecto: 35mm esférico y 35mm anamórfico (Technovision), 1.37:1, 1.85:1 & 2.40:1
Otros: 2K Digital Intermediate

Vista en DCP

© Harmonica Rental & Cinema/Ignacio Aguilar, 2014.